miércoles, 13 de abril de 2016

Algunos poemas de "Desbautízame" (Ediciones Oxímoron, 2015)

Fisura

Trasunta la niebla la madre del odio
cubriendo los gritos con llanto piedra
despoja de ropas la cama cansada
llamando a las puertas, marcando las calles
que el niño ya silba en tu vientre y te espera.





Desbautízame

Me niegas la caída al pozo
condenas el autosacrificio
a manos de este yo cansado
aun cuando es claro que es tarde
que como resonaron las palabras de otro
no merece la pena matarse, siempre
lo hace uno demasiado tarde.

Pero arrojaste a tu hijo a cargarla
carnada entre buitres hambrientos.

Se entregó su cuerpo al látigo
con la docilidad del clavo
o del suicidio implacable:
la espina.
Lo asististe -hipócrita de hipócritas-
en su frente. No me digas
que ese pobre es tu hijo.

Y entre adorar y orar te dieron oro.

Cruzaste la vereda sobre la cruz de tu hijo
te sentaste a la mesa de los llenos
engulliste manjares
manchados de sangre salada, las costras
de los que no aceptamos cruzar
de los que damos el pellejo cuando cruje
serán astillas en sus tráqueas.

Han parido en un lugar del Edén
el génesis de este rojo apocalipsis.

Nada más podrá nacer de la tierra que el polvo
tu regalo fue el frío y el olvido
la piedra que no suda ni llora
la mancha en la sotana, la culpa
del vacío ante el plato de comida





Letras en la llaga
“Do you have enough bone-broken limbs to cover the sun?
Hand me over your dead and give me the list of their names
in one thousand two hundred word limit.
Today, my body was a TV`d massacre that had to fit into sound-bites
and word limits and moves those that are desensitized to terrorist blood.”
(Rafeef Ziadah)


Mi nombre está marcado por el fuego
de doce tribus como doce semillas
quemadas por el fósforo blanco
de la estrella nación.

Mi nombre está marcado por la guerra
el odio al padre, el desprecio del hijo
la lucha de clanes
con manos de sangre.

Mi nombre está marcado por el huacho
aquel forzado a partir lejos
el abandonado en la orilla contraria
frente a la arena cristiana.

Mi nombre está marcado por la tierra
del gitano sediento de vida
niño bastardo expuesto a filo de cuchillo.

¡Agar madre esclava!
No pudieron con tu fuerza
nada consiguieron con el destierro
de una madre y su hijo
tigres fuimos
somos tigres
habitamos el desierto.





Deshijado

Deshijado
Qué pena que cargan tus hombros, qué dolor
cuelga de tus bolsillos, quién comprende
lo insufrible del viento, quién el cuerpo
abatido por sangre.

No derramas ni brindas el silencio
los ojos son la sombra del murmullo
pendiendo en un canto truncado
entre metales de una clínica tumba.

No llora tu carne al temblor de las manos
tu risa un intento fallido el respiro
no es grito la baba en los dientes
más libre soy muerto, que tú deshijado.




Edén en ruinas

Allá arriba plazas y parques
juegos vacíos acompañados
por el óxido.
Allá abajo
ni plazas ni parques:
solo tierra baldía

y un enjambre de niños
jugando a ver un parque
entre los años del polvo.




O el río

“Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre (…)” (Salvador Allende)

“Y en cuanto llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las espléndidas ciudades.” (Arthur Rimbaud)


¿Qué se lleva la lluvia en su caída
el río o su nombre o la tierra miseria
la ciudad cuyo vientre olvidó el cauce?

Se abrirán las espléndidas riberas
por donde pasarán las aguas libres
de la rabia.

Los quiero ver, buitres, ese día.




 Ladrido

Calles inmóviles

solo el ojo ve el silencio
antes de la explosión.


  


Pelea de perros
“A un lado ladridos
al otro Justicia”

Sueños husmeando la fisura del sueño
entre agua y humo tóxico se plasman
tangibles mordiendo respuestas demoran
su llegada, brillan los ojos profundos.

Sus cruces señaléticas no bastan
para que reculen los muertos de antaño
de hoy, este ciclo no para y repite
lo vivido por padres que perdieron hace tanto ya esa esperanza
entre velos de mentiras mordiéndose la cola
verdades, el arcoíris gris                                                     
como sus ternos zapatos corbatas
gris como el pavimento edificios grises
los colores, así con ojos en blanco y negro
la ciudad sin carnaval.

Hoy traemos colores y ladridos
hoy el carnaval es nuestro, de todos nuevamente                       
y nos unimos callejeros viejos canes
somos la jauría que creíste muerta de hambre
hambre hay
y eres la cena esperada.




Polillas

Somos palmo a palmo somos
noche nacemos, polvo
el destino retorno
el vago resplandor ciega
buscamos lo oscuro en la luz.

Creímos en alas de cera
creemos en el polvo de las alas.




jueves, 5 de noviembre de 2015

Reflexiones en torno a la capucha

En la calle fuimos perdiendo el miedo, y entre el humo nos reconocimos. Los ojos brillaron iguales tras cada pasamontañas y no hubo color, edad ni género. Nunca más importó quién enciende el fuego, porque siempre hubo alguien para hacerlo, porque cada fósforo es arrojado por tu mano, por mi mano, por la idea de ver arder la injusticia. Al reconocernos cada uno en el otro, dejamos de ser masa y nos hicimos multitud, nos hicimos invencibles, porque las personas mueren pero no cesa la lucha, porque nuestros hijos, como nuestros padres, también llevarán esta capucha roñosa y empapada de gases, generación tras generación. Cómo asesinar lo que no tiene rostro, se preguntan cada noche, esperando que esto pase. Pero no pasa, y cada mañana amanece iluminada por el fuego de nuestras barricadas, ya son años de levantar sueños mientras ellos intentan descansar, son años de construir la pesadilla que no los deja cerrar los ojos. Las pupilas brillantes, siempre acechando, tras los dos huecos que deja la lana negra, son el dolor del obrero salitrero en 1900, del poblador asesinado en 1986, del mapuche desterrado ayer y hoy, de la madre que aún espera que sus hijos vuelvan a la mesa servida, aunque han pasado años y sus cuerpos descansan en el mar con un riel atado a sus pies. No hay tiempo ni individuo tras la cubierta, porque no hay interés personal ni se persigue la gloria que inculca el descarnado capitalismo, somos uno y cada uno de los nombres caídos, somos la rabia de Chile, México y Palestina, desde Chiapas a Magallanes, de París a Cisjordania. No importa cuánto sigan intentando acabar con este fantasma sin rostro, porque somos más reales que todos sus cuentos, más tangibles que todas sus monedas, más peligrosos que todos sus miedos. Somos la consecuencia directa de cada uno de sus actos. Prepárense que el fuego sigue ardiendo. Somos el silencio antes de la explosión.  
                                              

Invisible tu poder, invisible mi rostro… invisible. 

martes, 29 de septiembre de 2015

Recuperar el pecado original. Prólogo a "Desbautízame" (Ediciones Oxímoron, 2015) de Ismael Rivera. Por Juan Morel R.

Han parido en un lugar del Edén
el génesis de este rojo apocalipsis.

Dicen las bíblicas religiones, que antes de nacer ya estamos condenados. Aún en el vientre, sin forma precisa todavía, los que habitan el mundo ya no tan placentero del afuera, deciden por nosotros y comienzan a nombrarnos.
Nacemos, y la palabra que nos nombra nos espera desde afuera. Nacemos, e inmediatamente caemos en las manos del nombre, en las manos del doctor y del cura, en las manos del registro civil que ya tiene un código reservado para nosotros. 
El nombre es lo dado. El nombre del abuelo, el nombre del actor o del artista, el nombre del personaje bíblico o histórico. El nombre nos instala en el mundo de los nombrados, de los registrados, de los que asignados a un número, pasan a formar parte de la historia.
Pero hay un momento antes del nombre, antes de las palabras que nos ordenan y nos sitúan: primero está la niebla.

Trasunta la niebla la madre del odio
cubriendo los gritos con llanto piedra
despoja de ropas la cama cansada
llamando a las puertas, marcando las calles
que el niño ya silba en tu vientre y te espera

Aparecemos desde la confusión, desde el caos, y el nombre da la primera forma a lo que no tenía forma, untándonos en sacramentos, bautizando nuestro cuerpo en nombre de prohibiciones.
Ya nacido, se asume la tradición, el nombre y el origen, como si fuera necesario para vivir en este mundo entregado por la madre, porque hay que decirle un nombre a los amigos, porque es imperativo jugar en la extensión del vientre que ahora es el ojo vigilante y el abrazo, donde lo que antes fue cordón umbilical ahora es la madre que grita y nos llama por el nombre en el que fuimos bautizados: “Ismael! Ismael! Ismael!”.
No es problema el nombre, ni es problema la enseñanza religiosa ni los rezos nocturnos; oraciones al aire, palabras, deseos y reflexiones infantiles arrojadas a la nada, murmuradas en silencio a orillas de la cama, con la intención de proyectarse hasta los sentidos del supuesto lector y oyente universal. No es problema Dios, ni tradición alguna, porque todavía todo es juego, porque todavía no conocemos las palabras ni los nombres, pero algo en un punto espera hasta quebrarse.
El recipiente que nos sostenía se fisura, y entre las grietas que aparecen como ojos, podemos ver el mundo del afuera, ese mundo que intimida y al mismo tiempo nos atrae con una gravitación desconocida.
Arreglar la grieta es la confirmación del encierro. Desbautizarse es abrirla y salir hacia afuera, hacia ese afuera donde tendremos que decir y usar nuestro nombre, aun cuando ya no sabremos quiénes somos realmente.
El bautizo que creíamos un pacto eterno con aquel a quien rezábamos, es ahora cuestionado: es el nombre el que es cuestionado, es la pregunta por lo uno y lo evitable. 

Bautízame vida no miedo ni frío
Ni oro ni rezo ni menos plegaria.
Vamos. Hemos salido del río en que fuimos sumergidos para que no pasara nada. Volvemos a lo confuso, a la niebla, a la rabia, somos ahora errantes en busca de un nuevo sacramento, alguna forma de bautizo que nos devuelva la visión pura con que veremos el mundo al que nos enfrentamos, ese mundo que ya no está protegido ni sesgado por cordeles sacros, ese mundo que se le muestra a los desbautizados, esa ciudad dividida por injusticias en las que hasta los perros saben de qué lado está justicia.

Desbautizarse no es una mera negación, no es sólo la rebeldía ante la marca o el linaje. Pese a ser una declaración de principios por oposición, no es una negación, sino todo lo contrario. Es la afirmación del origen, la aceptación resignada y sin rencor de la vida, de la vida en la que hemos sido bautizados como vida, la vida que no vale la pena quitarse, pues, como dice el poeta recordando al Cioran de Del inconveniente de haber nacido: “no merece la pena matarse: siempre lo hace uno demasiado tarde”.
Desbautizarse es saber quién es uno, o al menos quién no es uno, que es la forma en que se definen las unidades. Desbautizarse es saber desde dónde, es la conciencia de coordenadas en el espacio y en el tiempo, en la Geografía y en la Historia, es la conciencia del lugar desde donde se escribe, donde antes se lanzaban oraciones fantasmales a deidades todavía más fantasmales, palabras llenas de frío y de miedo, oraciones en función de rezo y de plegaria.

Hasta cuándo seguirás pontificando el temor
propagando la miseria en la sangre del hombre
infecta la vida, seca el fuego del ayllu

Acepta el origen, dice el desbautizado, acepta lo dado, acepta tu nombre, la tradición en que te situaron, pues no es sino desde ahí que has de vivir desbautizado.
El bautizo es en sí un desbautizo: el acto de sumergir al iniciado, esa forma extraña de arrancar del cuerpo o del alma el pecado original ante la supuesta necesidad de integrarse al camino de la salvación.
El desbautizo que ahora nos congrega, para el cual escribo estas palabras iniciales, es la conciencia del bautizo original, la aceptación del nombre bíblico que eligieron los padres, para negar desde ahí lo que debe ser negado y aceptar desde ahí lo que no puede sino aceptarse.
Desbautizarse es recuperar el pecado original, volver a la carne y olvidar el paraíso que nos fue negado. Aceptar el caos como espectador o como parte misma del caos: “el mundo se cae a pedazos y lo miras en primera fila”, canta la letra de una banda de punk que el poeta está escuchando, haciéndose camino entre la gente para llegar a la primera fila, mirar el caos, y soñar un pequeño orden que surge del estruendo y del aullido. Aparece entonces la poesía, el verso, la métrica, la oferta de un orden en que sentarse a descansar frente al caos.
El desbautizado sale del abrazo del bautizo, pero antes de volver a bautizarse, deambula a tientas por las calles, en el caos de lo innombrable, de lo que ya no tiene nombre, lo que nadie es capaz de explicarnos. No era orden lo que dijeron algún día que era orden.
En el caos del lenguaje, cuando las palabras pierden su significado común e instrumental, la poesía aparece como una forma de imponer el orden: la métrica, el verso, palabras cortadas por otras palabras. Un poco de orden en las manchas de la página.
Algo aparece en medio del apocalipsis, la duda ante los pasos de los que “viven sin vivir en el borde del silencio”¸ la pregunta que surge al ver el mundo, el  “enjambre de niños/ jugando a ver un parque/ entre los años del polvo”.
 Hay un olor a apocalipsis en los versos de este libro. Hay sospechas que cuestionan las regulaciones de la ciudad. Hay un vacío, algo que no tiene nombre, y no queda más que reír: “entre la risa voy vacío”. Algo va a ocurrir. Se huele. Se puede ver en las imágenes detenidas.
Cuando el cosmos se encienda agarrotado
de tanta inmovilidad forzada

Los versos hablan del caos, del curso de los ríos controlado, de los perros callejeros que olfatean la injusticia. Pero dentro de ese caos, dentro de la confusión y de la rabia desde donde nacen los versos, aparece la poesía como una nueva tradición en la cual bautizarse y confirmarse, una tradición desde la cual reducir, o simplemente descansar, el vacío y el caos que dejaron las tradiciones de las que el poeta se desbautiza. 

Te digo y escúchame bien, reclamo
el dolor y la dicha perdida, la Fiesta
el goce del cuerpo en la tierra mojada
que el hombre replique la tierra en el cielo

El canto permite redimirse, reírse del vacío, gritarle a la Historia, sobrevivir lo caótico en el orden de la métrica y la poesía, jugar y festejar entre la confusión de un mundo al que le fue negado el paraíso. Hay en eso una salvación: “cuando dejemos las ciudades y la tierra vuelva a ser de tus manos”. Basta recordar el origen distraído de los ríos,  porque es necesario recuperar el color para resistir festejando, carnavaleando, cantando y celebrando el sacramento caótico de la vida.

Hoy traemos colores y ladridos
hoy el carnaval es nuestro, de todos nuevamente
y nos unimos callejeros viejos canes
somos la jauría que creíste muerta de hambre
hambre hay
y eres la cena esperada.

Los versos salen a la calle, se organizan, acuden al carnaval para romper el silencio de las calles somnolientas y sometidas, el aburrimiento tedioso del silencio que hace ruido. Los versos se vuelven canción, se hacen públicos, y deciden pasar de la lectura al grito, de la tinta al canto, del escritorio a la calle, y recuperar así la fiesta en la palabra y el lenguaje.


Juan Morel R.



* Para escuchar la musicalización de los poemas hecha por Errante, ir a  https://soundcloud.com/bandaerrante/

jueves, 10 de septiembre de 2015